Modo Mamá

Una sonrisa en mi vientre

Por: Enara Amarillo
@EnaraAmarillo

Tengo cuatro hijos, cuatro partos, cuatro cesáreas.

Hasta mi tercer hijo sentía que había parido mal, que estaba en deuda con mis hijos, conmigo y con mi condición de mujer por no haber podido parir natural, si todas las mujeres venimos diseñadas para poder dar a luz a nuestros hijos por vía vaginal, ¿Por qué yo, una mujer, no había podido hacerlo?

Me sentí mujer a medias, floja y cobarde, mis hijos, esos seres que amaba tanto, no habían llegado a este mundo como debía ser, sino habían sido extirpados de mi vientre, como un tumor. Pero, en el fondo de mi ser algo descansaba, el miedo silencioso a un parto vaginal, un miedo irracional al dolor del alumbramiento, en mi silencio, no cabía la posibilidad de un parto natural, gozaba mis embarazos, pero solo pensar en el parto me dejaba fría, en realidad, descansaba al saber que podía tener una cesárea.

Mi primer parto tuvo que ser una cesárea de urgencias, mi hijo había bronco-aspirado meconio y se asfixiaba, no habría aguantado el parto, así que para el segundo y el tercero programamos cesáreas. Después del tercer parto y con la llegada de Emilio, seguí profundizando en mi proceso terapéutico, para mi sorpresa, Emilio fue un bebe que me llevo a la crianza con apego, a conocer mis más profundas sombras en la maternidad, que no había asumido por completo hasta ese momento. Durante ese tercer post-parto surgió la fobia que me había acompañado toda mi vida, una fobia irracional a las cucarachas, que me paralizaba, me hacía verlas gigantes, conspirando para atacarme, metiéndose entre mi cama para asfixiarme, esperando el momento para untarme de una sustancia viscosa y asquerosa…nada de esto tenía sentido, nada de esto era real, me acechaba, me lo creía, al punto que durante mis tres embarazos, mientras acariciaba mi panza, varias veces tuve la sensación de estar gestando una cucaracha y no un bebé, tenía que respirar profundo, meditar, calmarme, salir de la “paranoia cucaracha” como le llamé a este estado, que me dejaba quieta, fría, sin voz, llena de asco y miedo.

Durante este proceso, tuve que mirar al bicho de frente, como psicóloga, sabía que detrás de las fobias se esconden recuerdos tan fuertes, que la consciencia del niño las convierte en fobia, la fobia protege a la consciencia para no enloquecer con el recuerdo. Sacar a la cucaracha de mi cabeza, me costo aceptar el abuso sexual del que había sido victima aproximadamente a los 5 años, un abuso que desde hace 4 años, viene siendo más claro, los recuerdos son más nítidos y la cucaracha comienza a tomar la forma del abusador, de repente, dentro de todo el shock, la confusión y la falta credibilidad en mi misma, todo tuvo sentido. La vergüenza, el miedo constante, la reactividad, la ira que rayaba en el odio, el rechazo a mi cuerpo  y a mi condición femenina, los dolores crónicos menstruales, el orgasmo interrumpido y el miedo irracional al dolor del parto, tuvieron sentido. Muchas lagrimas, muchas confrontaciones, sacar el secreto a la luz y verme sola en mi versión frente a mis seres queridos, ser testigo de que los abusos, especialmente los abusos sexuales se callan, porque para que se den, tiene que existir la complicidad del abandono y entrega materna, la falta de atención y la desconexión emocional en la familia y la facilidad con que la historia se esconde, para proteger al abusador, porque su pecado, es el pecado de todos.

En ese proceso cambie mi nombre, le di la vuelta a la historia. Pase mucho tiempo estoica, comprendía en mi cabeza lo que ocurría, pero me costaba creer que todo fuera cierto, dude de lo que hacia para sanar la herida, de los dolores que de repente se despertaban en mi cuerpo acompañados de miedo, de la sensación de no poder hacer nada. Con el tiempo y el proceso, empece a comprender el valor de las heridas, de la historia que nos hace ser lo que somos y el perdón comenzó a llegar, con la reparación que la vida me comenzó a dar.

Llego mi cuarto embarazo, este no la jugamos por el parto natural, durante este embarazo, me preparé, seguí conociéndome, profundizando en ciertos detalles de mi historia, empoderandome como mujer, desarrollando amor propio, haciendo mi embarazo y parto, mio, mi ideal. Esta vez y después de tres niños, llegaba una una niña, la dicha no podía ser más grande, a pesar de todas mis heridas y el trabajo que venía haciendo sanando mi femenino, la vida me daba la oportunidad de tener una hija y con ella, mi deseo de parir natural aumento.

Hice e hicimos todo con mi esposo, para tener el mejor parto (La búsqueda del parto ideal), tuvimos apoyo de un equipo que nos dio lo mejor para que así fuera. Llegamos a 6 y medio centímetros de dilatación, sentí felicidad durante las contracciones, el dolor me daba vida, sin embargo, la herida se abría y el útero corría el riesgo de desgarrarse, nuestra vida podía estar en peligro. Fue en esas contracciones fuertes, donde sentí miedo, mucho menos que antes, pero sabía que era el límite y en ese momento, sentí que me conocía más, había tenido la posibilidad de haber sentido la oxitocina, haberme concentrado para parir, había estado en trabajo de parto, mi vida era más feliz y yo no volvería a ser la misma mujer, era algo más, era mi cuerpo el que me hablaba, el que yo escuchaba, el que siempre había ignorado y en ese momento eramos equipo, lo habitaba, la historia era cierta y mi felicidad también lo era.

No hubo espacio para la culpa, no hubo reproches, mi hija nació por cesárea y esta vez, la deuda estaba saldada, porque no había vergüenza en mi sexualidad, no había pedidos de perfección, la vida me reparaba, con el simple hecho de darme la oportunidad de haber ido más allá de mis límites, de haberme aceptado como una niña que había sufrido, pero que ya como mujer, estaba plena, tenía todo un camino sin recorrer y la capacidad para asumir la vida que había escogido, la que había construido con tanto amor y esfuerzo.

Cada mujer, cada parto es una historia, es una experiencia única, que solo se vive una vez con cada hijo. Soy partidaria de que el parto natural, humanizado, consentido y preferiblemente en casa, es la manera ideal de traer hijos al mundo, sin embargo, no todas las mujeres hemos tenido la historia, ni los recursos psicológicos para que ese ideal se de. Venimos de historias de violencia, abusos de todo tipo, las mujeres hemos guardado en nuestros úteros mucho dolor, mucha culpa y necesitamos apoyo para ir liberándonos poco a poco del peso de todo eso, que no nos permite aceptarnos y abrazar a la mujer que somos.

Estar sano no significa, no tener problemas o vivir en un estado de armonía y felicidad constante. Estar lo suficientemente sano, es aprender a vivir con la enfermedad, aceptar los monstruos, ver, vivir y aprender de las heridas, de ahí proviene también nuestra fuerza, el coraje, la capacidad para hacernos una vida con los recursos que poseemos.

Detrás de cada embarazo, de cada parto, de cada nuevo ser que llega, esta la historia de una mujer, no nos precipitemos a juzgar las condiciones del parto, porque desconocemos que nos ha traído hasta este momento.

Agradezco a mi historia, a mis heridas, porque sin ellas, mi búsqueda no sería la misma y yo no sería la mujer que soy. La marca de mis 4 cesáreas no son una cicatriz, es la sonrisa en mi vientre, la sonrisa que me recuerda que las heridas sanan y también dan vida.

 

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