Modo Mamá

¿Enseñar o no tradiciones foráneas a mis hijos?

Holanda Castro (@clubparamamas)

Con mucha recurrencia se presenta esta duda en las familias, en la cercanía de distintas fiestas, especialmente las que se identifican con tradiciones comerciales. Y ¿qué he concluido yo a lo largo de años preguntándomelo? Que en un mundo globalizado, solo podemos darle dos grandes herramientas a nuestros hijos: valores y conocimiento de la multiculturalidad.

La certeza de tradiciones “puras” o “autóctonas” es inestable, dados los intercambios a los que se somete la cultura constantemente (forzados y no forzados). Por otro lado, las distintas maneras de vivir una experiencia vital, nos conecta según la teoría del “Inconsciente colectivo”. Es decir, celebramos lo mismo, con distintas manifestaciones.

En el inconsciente colectivo se experimentan profundamente los cambios en la naturaleza y etapas de vida, lo cual es expresado de manera concreta en rituales que nutren la tradición: cuentos, bailes, cantos, vestimentas, rituales, etcétera.

De esta manera, Diwali, Jánuca, Navidad, etcétera, son festividades que honran la luz en momentos de sombra, enaltecen la imagen infantil como símbolo del renacimiento de la vida y la esperanza profunda que tenemos en el futuro.

En América, bajo las tradiciones impuestas por los colonizadores, se escondían las antiguas indígenas y africanas. Pero, según demuestran los estudios, en Europa sucedió lo mismo durante las invasiones romanas. La navidad, entonces, es una festividad cuyo cariz actual es muy reciente, fruto además de un inmenso sincretismo de distintas tradiciones.

Por ende, los valores son los que se transmiten interiormente, la ritualización de la vivencia es lo que vemos externamente. Se trata de expresiones relativas y transitorias, nunca permanentes ni únicas. Agradecer es un valor; celebrar la Vida y sus ciclos es un valor; la Tolerancia es un valor. Celebrarlos según específicos parámetros es la externalización de ese valor.

Imaginemos a nuestros hijos y sus compañeros en un futuro no muy lejano. Un niño católico, por tomar un ejemplo, que se acerca a su compañero que celebra Jánuca, o nuestro adolescente, que conoce en un campamento vacacional o de estudios a un indio, un europeo, un balcánico… ¿Les damos las herramientas para tolerar y celebrar la vida en sus distintas manifestaciones?

Cuando me casé, y compartí de forma diferente el año nuevo o navidad, no comer lo que comía en casa fue un shock para mí; hoy, mis hijos pasan de “un canal” a otro, con preferencias personales, desde luego, pero persistencia del sentido profundo: nos reunimos como familia a celebrar la vida. ¿Saben qué? Yo también, y esa flexibilidad me hace feliz.

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