Historias de maternidad: los milagros existen

Historias de maternidad: los milagros existen

Con mi primer trabajo me inscribí a un gimnasio porque me llamaban mucho la atención los aerobics y sus movimientos rítmicos; al mes ya controlaba tod

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Con mi primer trabajo me inscribí a un gimnasio porque me llamaban mucho la atención los aerobics y sus movimientos rítmicos; al mes ya controlaba todos los movimiento y era casi una experta. También trotaba en paralelo desde las 6 de la mañana aproximadamente 2 km en carretera libre porque en mi localidad no contamos con parques u algo cercano para hacerlo, así que nos tocaba en calle. Durante ese periodo de mi vida conocí al que hoy en día es mi mejor amigo, compañero de aventura y padre de mis hijas.

A los 23 años -a comienzos del 2011- por medio de exámenes de rutina me enteré de que estaba embarazada, pero al ir a control con el ginecólogo, este me dice que debe ser interrumpido porque le feto no se formó. Yo no entendía nada y estaba sola porque mi pareja había viajado al funeral de su abuela y mi mamá, en pleno cumpleaños, se tuvo que sentar con la noticia de un embarazo anembrionado. Me explicaron que el feto (bebé) no se había formado, es decir, que el óvulo fertilizado, luego de implantarse en la cavidad uterina, se desarrolló solo el saco gestacional pero sin desarrollarse el embrión. En pocas: palabras un saco sin bebé.

Me suministraron unas pastillas y durante las horas siguientes sentí dolores de parto y lo único que atinaba a decir, derrumbada como esta, era preguntarle a mi madre cómo existen mujeres tan crueles de atentar contra la vida de un ser tan hermoso. Al rato de haberlo abortado me llevaron al quirófano para hacerme el legrado. En pleno carnaval, tuve mi primera pérdida. La desilusión fue grande, me sentía vacía, me sentía tan plenamente feliz porque traería vida y todo eso se había acabado.

Luego de lo ocurrido adoptamos una cachorra Golden Retriever que nos llenó de mucha felicidad. Pero a los poco meses sentí unas molestias abdominales y al hacerme nuevamente una prueba de embarazo, salió posotiva. Al ver el resultado me asusté mucho porque las cosas en mi trabajo estaban estresantes y yo deseaba que todo saliera bien. No transcurrió mucho antes de estar nuevamente en el quirófano porque resultó ser un embarazo ectópico. Recuerdo haber visitado tres veces al ginecólogo antes del diagnóstico y esa última, un jueves 8 de septiembre, me dijo: “Todo está muy bien. Descansa y disfruta de tu embarazo”.

Yo estaba súper contenta, pero preocupada. Al siguiente día la historia fue otra: amanecí con dolores muy fuertes, sobre todo en el recto como si algo estuviese empujando sin cesar. Llamé a mi mamá, pero al levantarme al baño caí desplomada. Mi mamá al verme empezó a gritar pidiendo ayuda a alguien y apenas desperté, le pedí que llamara a mi pareja (que no vivía conmigo para la fecha). Enseguida llegó y me llevó a consulta, hablamos con la secretaria explicándole lo sucedido y el doctor le explicó a sus pacientes en espera que mi caso era una emergencia que debía atender.

Al ver el ecosonograma que me realizaron, me dijo que lamentablemente necesitaba hacer una cirugía de emergencia porque tenía, además del embarazo ectópico, un tumor. Me derrumbé, mi pareja también y mi mamá no dejaba de llorar. Al llegar a una maternidad cercana, me echaron para atrás porque no disponían de aire y me trasladaron al hospital central de Maracay. Yo estaba tan asustada… No sabía qué tanto pasaba y lo único que escuchaba eran palabras médicas que confunden y asustan. Al final me extrajeron trompa, ovario derecho y un epiplón.

El resultado de la biopsia arrojó hallazgos histológicos compatibles con un embarazo tubárico en la trompa derecha. Perisalpingitis aguda. Quistes foliculares, ovario derecho y, por último, signos de peritonitis aguda en el epiplón mayor. Nada fácil de digerir. Dios siempre presente y todo salió muy bien, pero el dolor y la desilusión volvieron; pasé meses llorando, incluso alejando a mi pareja que sufría igual o más que yo. Debido a esa cirugía decidí retirarme del trabajo, ya que la presión de los jefes era obstinante que descontaban lo que se antojaran. Ese año perdí a dos hijos, a nuestra perra y a mi trabajo, pero fueron tiempos de mucho aprendizaje. Ese año fuimos por segunda vez a Maracaibo, donde le agradecí con flores a la Chinita por mi salud y le prometí que si me concedía a su tiempo el milagro de ser madre, volvería con mi hijo(a) en brazos para agradecer tal bendición.

En 2014 decidí dejar de cuidarme (aprobado por mi doctora), defendí mi tesis y emprendimos un viaje familiar de Semana Santa. Pero el día que visitábamos El Parque nacional Alejandro de Humboldt, mejor conocido como la cueva del guácharo, me empecé a sentir peor. Al retornar del viaje contacté a mi doctora para una revisión; me hice exámenes de colesterol y triglicéridos por precaución, pero cuando comenzó a revisarme ¡había bebé a la vista! Solo me dijo: “Mi Lis, felicitaciones, estás embarazada”. Yo la miré fijamente con lágrimas y temblando por tanta felicidad.

Hoy día con 26 años soy madre de una niña a la cual llamamos Lucía Anaís, la niña más dulce y bella que los ojos de una madre enamorada pudiese ver. Para mí el proceso de embarazo, cada control para verla allí era mágico. Fue un embarazo feliz y lleno de armonía que terminó finalmente el 18 de diciembre del 2014, el mes de unión, alegrías, encuentros y agradecimiento. Pasamos las mejores navidades que pudiésemos tener en familia, reunidos, y lo mejor fue que pude alimentarla por lactancia a libre demanda. Hoy tiene 5 meses y 6 días de hermosa vida junto a nosotros. Los milagros existen y ella es prueba de ello y de que luego de varias caídas, el sol brilla siempre. Y gracias siempre a mi virgencita por enviarme a la doctora, quien lleva también su nombre Chiquinquirá, por todo y por ese gran aliento. Espero ser lo mejor posible para mi hija. Namasté.

Por: Lisett Aponte

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