Historias de maternidad: madre joven, hijos milagros

Historias de maternidad: madre joven, hijos milagros

A mis casi 20 años, siendo un poco joven e insegura con respecto al tema de afrontar la crianza de un bebé, quedé embarazada de mi pareja de ese enton

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A mis casi 20 años, siendo un poco joven e insegura con respecto al tema de afrontar la crianza de un bebé, quedé embarazada de mi pareja de ese entonces, con la cual no tenía mucho tiempo de relación pero a quien amaba y consideraba el hombre más espectacular que pudiera haber conocido. A pesar de las preocupaciones y dudas que tuvimos, decidimos hacer eso a un lado y asumir el rol de padres. Entre nerviosos y contentos fuimos a ver por primera vez a esa personita que dependería de nosotros, pero la doctora nos dijo en esa consulta que mi bebé no correspondía su tamaño con el tiempo de gestación y que debía esperar dos semanas más para ver la evolución. Días después comencé a sentir dolores y a tener sangrado que obligó a los médicos a practicarme un legrado uterino. Nunca imaginé a esa edad vivir semejante escenario de despedida.

Un año después, ya casada con mi novio y viviendo bajo una unión más estable, me hice una prueba de embarazo luego de un retraso menstrual, la cual dio positivo. Nerviosos de que pudiera suceder lo mismo que con el embarazo anterior, acudimos a control obstétrico para revisar la salud de nuestro bebé y todo estaba bien: estaba dentro de mí, con su corazón latiendo y moviéndose alegremente. Ese día fuimos la pareja más felices del mundo.

Un día, estando en mi lugar de trabajo, presenté un sangrado vaginal muy fuerte junto a dolores leves. Recuerdo acercarme a una esquina de las columnas de la escuela donde llevaba 3 años trabajando, tomé mi teléfono y llorando llamé a mi esposo para avisarle lo que estaba pasando. Él me dijo que fuera al consultorio del doctor que me controlaba y así hice: salí casi que corriendo de ese lugar para ir a chequearme. Al realizarme el ecograma, el doctor me recomienda que tome un descanso y me aplique unos óvulos. Pero ese mismo día en la noche estando acostada, comencé a sentir dolores cada vez más fuertes que me llevaron al baño y ahí, sentada en la poceta, perdí a mi bebé de 12 semanas de gestación. Luego de esa pérdida, tuve que ir nuevamente a la clínica a practicarme lo que sería mi segundo legrado uterino.

A pesar de mi estado de tristeza y consternación por tener que pasar por esa situación, me dieron de alta sin ningún tipo de antibiótico recetado y no pasó mucho tiempo antes de que empezara a sangrar nuevamente de forma atípica y exagerada. El ecosonograma de entonces mostró restos en el útero por mala praxis y tuve que atravesar un tercer legrado. Salir por tercera vez del quirófano, vacía, sola, sin cumplir el sueño de ser madre fue muy duro. Se me hacía cada vez más difícil creer que algún día me convertiría en ese tipo de mujer.

Pasado un tiempo, salí embarazada nuevamente y al acudir nuevamente al consultorio del obstetra, en nuestro tercer intento de ser padres, nos dio la noticia de que no se trataba de un bebé sino de dos. Sorprendidos y felices por la noticia, creímos que los bebés que habíamos perdido ahora los habíamos “recuperado”. Solo que un día, otra vez de repente y sin aviso, entramos en la pesadilla de afrontar una pérdida nueva y pasar por un cuarto legrado.

Ya no lo podía creer, no lo podía entender, no lo podía aceptar. Por qué a mí me toca vivir esas experiencias tan amargas, esas despedidas. No creía posible el hecho de que existieran mujeres a las que convertirse en madre se les daba tan fácil, tan natural, tan sencillo incluso cuando no querían ser madres ni tener hijos. Recuerdo haberme escapado a la playa a buscar una respuesta, algo de calma, serenidad, paz mental e interior. Mi esposo me buscó y llegó a ese lugar, estuvo conmigo, secó mis lágrimas que no paraban de correr, me abrazó y me confortó.

Con mi corazón y mente hecha pedazos, me enfoqué en realizarme en otros aspectos como el académico. En el último trimestre del año 2010, mi esposo y yo acudimos a un centro de salud para hacernos un control con el fin de dar con la causa de las pérdidas anteriores y para iniciar un tratamiento médico que nos permitiera tener hijos. Recuerdo que ese día estando en el consultorio yo no podía parar de llorar, pero el doctor me tranquilizó diciéndome que si habíamos podido gestar antes era porque podíamos. Con eso en mente, empezamos los estudios correspondientes.

Un día estando en mi trabajo empecé a sentirme muy mal y al llegar a la clínica me volvieron a dar la tan esperada noticia. “Estás embarazada”. En ese momento junto a mi esposo lloramos y reímos, nos abrazamos sin poder creerlo. Pero yo no quería ir a control, no quería verme con ningún doctor, no quería ver ningún bebé; en mi mente este solo iba a ser otro trago amargo que no quería afrontar. Entre mi familia y mi esposo me convencieron de ir al obstetra.

Cabe destacar que en ninguno de los embarazos anteriores había tenido el mismo doctor, todos fueron distintos, ya que pensaba que como no se daban los embarazos no podía seguir con el mismo doctor. Pero cuando llegamos al consultorio de este doctor, le enseñamos el resultado de la prueba de embarazo que me había hecho y lo primero que me dijo era que debía confiar, dejar a un lado las preocupaciones y creer en la voluntad de Dios.

A los tres meses volví a ver mi pantaleta manchada de sangre, pero a pesar de mis miedos no creí estar repitiendo la historia. Mi médico me puso a escoger entre el trabajo y llevar el embarazo a término y para mí no hubo ninguna duda. ¿Y es que es posible que una mujer que pasa por tres pérdidas y cuatro legrados, aún quiera arriesgarse a perder otro embarazo? No lo creo y si existe, no quise ser yo esa “súper mujer”. Yo solo quería convertirme en madre.

Fue así cuando me tuve que separar de mi trabajo, de mi profesión y empear otra batalla: la de soportar las críticas y rechazos de las personas, incluyendo las que creía conocer. Después de mi tercer mes de embarazo los siguientes controles fueron un sube y baja de emociones, placenta baja, placenta previa, circular de cordón y dilatación ventricular fueron algunos de los diagnósticos con los que pasé el embarazo de una princesita, mi princesita. Con 37 semanas de gestación, me iniciaron las contracciones y a pesar de que ya tenía planificada una cesárea monitoreada, mi princesa se adelantó una semana. Cuando estaba en quirófano veía para todos lados, hablaba conmigo misma en mi mente, pero cuando la escuché llorar y cuando la vi, fue que vi el amor.

Cuando salí del quirófano tuve como especie de momento confuso, pues no creí que fuera cierto que hubiese tenido un bebé. Le pregunté a mi esposo que estaba en la puerta del quirófano esperándome: “¿Es cierto lo que está pasando? ¿De verdad tuve un bebé? ¿Salió de mí? ¿No estaba vacía? ¿Tenemos un bebé? ¿Esta vez es diferente?” Él me dijo: “Flaca, nació nuestra hija. Lo logramos mi amor, tenemos nuestro bebé”.

Teniendo mi hija dos años, quedé embarazada nuevamente y creyendo que había superado el pasado, que nada iba a ser igual y que esta sería mi oportunidad de ser una madre como muchas, de esas que con su barrigón se van al trabajo, hacen ejercicio, van a la playa sin ningún miedo, me fui a una prueba de vestuario que tenía con unos diseñadores de moda para un desfile próximo. Creyendo que viviría la experiencia de ser una madre “normal”, usé mis tacones toda la tarde y más tarde el mismo día comencé de nuevo con dolores y sangrado. Fue en ese momento que me di cuenta que me tocaría vivir mi embarazo de otra forma.

Nuevamente el doctor me dijo que no podía arriesgarme a perder a mi bebé, así que me tocó estar de reposo para asegurar un embarazo a término.

Durante el embarazo de mi segundo hijo, vivimos varias etapas de riesgo y hasta el momento de su nacimiento, todo fue alegrías y llanto. El día que empecé a sentir las contracciones mi bebé llevaba tres días con el ritmo cardiaco disminuido y ese mismo día en consulta, el médico me dijo que era momento de practicar una cesárea puesto que mi bebé tenía doble circular de cordón que estaba comprometiendo su vida.

El día que nació no pude ni tocarlo, no estuvo conmigo en la habitación, se mantuvo en la incubadora ya que se ponía morado al sacarlo de ahí. Al segundo día me permitieron entrar al retén y verlo ahí, metido en esa incubadora de la cual quería sacarlo. A mí me dieron de alta, pero él debía seguir internado. Mi esposo se quedó con él y me decía: “Tenemos un hijo campeón, aquí está luchando, fuerte”. Al tercer día me fui en la mañana a la clínica y fue cuando me dejaron tocarlo, cargarlo, amamantarlo por primera vez. Ese día fue un cardiólogo infantil a evaluarlo y el diagnóstico fue foramen oval perforado, pero nos dijo que esa condición podía revertirse y tener su corazón normal sin ninguna perforación, creciendo sanamente y llevándolo a consulta a los dos meses para evaluarlo.

Hoy le doy Gracias a Dios y a ese doctor que yo lo creo un ángel en mi vida porque ahora tengo dos hijos, mis dos milagros de vida. Todo lo que viví me sirvió de experiencia; sufrí mucho pero también que aprendí más, pude conocer la realidad, me hizo pisar más firme donde camino.

Tras el tiempo que estuve de reposo por mi bebé, eran más las personas que me señalaban que aquellas que me acompañaban, pude ver cómo el ser humano aún sin conocer la realidad del otro puede llegar a ser tan ligero para señalar negativamente. Muchas veces pienso que hubiese hecho feliz a muchas personas de mi entorno si hubiese seguido trabajando y poniendo en riesgo mis dos embarazos, pero no era una opción.

Junto con mi esposo, el hombre que me ha acompañado en mis batallas, nos aventuramos a crear una opción para impulsarnos y crear algo propio que podamos dejarle a nuestros hijos. A mis 28 años siento que no ha sido fácil y aún sufro susceptibilidades, pero me siento orgullosa e la madre en que me he convertido porque hoy veo más allá de ganar un quince y último, porque mi prioridad es hacer un labor que recompense el esfuerzo, en la que no tenga que ausentarme sino asumir mis dos roles y enseñarles que el trabajo propio cuando emprendes lo que te gusta, genera más satisfacción que cualquier otra cosa.

Por: Mariela Estanga.

 

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